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¿Y si el mejor juguete sigue siendo la imaginación?

  • hace 14 horas
  • 3 min de lectura

Con el estreno de Toy Story 5, vuelve una pregunta que hoy muchas familias se hacen: ¿están las pantallas reemplazando el juego?



La tecnología forma parte de nuestra vida y puede tener beneficios cuando se utiliza de manera adecuada. Sin embargo, cuando las pantallas comienzan a ocupar el espacio del juego, los niños dejan de vivir experiencias fundamentales para su desarrollo.


En este Día de la Niñez, vale la pena recordar algo muy simple, pero profundamente importante:


Jugar también es cuidar la salud mental.


¿Por qué el juego es tan importante?


Para un niño, jugar no es solo una forma de entretenerse. Es su manera natural de:


  • Comprender el mundo.

  • Expresar y procesar emociones.

  • Desarrollar la creatividad y la imaginación.

  • Aprender a compartir, negociar y resolver conflictos.

  • Tolerar la frustración y buscar soluciones.

  • Construir confianza y autoestima.


Mientras un adulto conversa para comprender lo que siente, muchas veces un niño juega para expresar aquello que todavía no puede poner en palabras.


¿Qué dice la evidencia?


La investigación en desarrollo infantil demuestra que el juego libre favorece el desarrollo del cerebro y fortalece habilidades esenciales para la vida, como la regulación emocional, la atención, el lenguaje, las funciones ejecutivas y las habilidades sociales.



Por esta razón, organismos como UNICEF y la Academia Americana de Pediatría reconocen el juego como una necesidad para el desarrollo saludable de niños y niñas, y no simplemente como una actividad recreativa.


En otras palabras:


Jugar no es un premio. Es una necesidad.


¿Y qué pasa con las pantallas?


Las pantallas no son el enemigo. Pueden entretener, enseñar e incluso favorecer algunos aprendizajes cuando su uso es acorde a la edad, supervisado y equilibrado.


El problema aparece cuando comienzan a reemplazar experiencias que ningún dispositivo puede ofrecer.


Cuando un niño pasa gran parte de su tiempo libre frente a una pantalla, suele tener menos oportunidades para:


  • inventar historias.

  • jugar con otros niños.

  • explorar su entorno.

  • moverse y desarrollar habilidades motoras.

  • aburrirse (sí, el aburrimiento también estimula la creatividad).

  • resolver conflictos reales.

  • fortalecer vínculos con quienes lo rodean.


Y esas experiencias son justamente las que ayudan a desarrollar habilidades emocionales y sociales que acompañarán al niño durante toda su vida.


No se trata de elegir entre juguetes o pantallas


El objetivo no es prohibir la tecnología ni generar culpa en madres, padres o cuidadores.


El desafío está en encontrar un equilibrio. Porque ninguna aplicación puede reemplazar:


  • una historia inventada con muñecos.

  • una fortaleza construida con cojines.

  • una tarde andando en bicicleta.

  • un juego de mesa en familia.

  • una aventura en la plaza.


Son esos momentos los que fortalecen la imaginación, el vínculo con otros y la capacidad de aprender a través de la experiencia.



Un regalo que deja huellas


En un mundo donde cada vez es más fácil ofrecer una pantalla para calmar el aburrimiento, quizás el mejor regalo siga siendo el mismo de siempre:


Tiempo para jugar.


Porque cuando un niño juega.

  • desarrolla su cerebro.

  • aprende a relacionarse.

  • expresa lo que siente.

  • fortalece su autoestima.

  • construye recuerdos junto a quienes ama.


Y aunque la tecnología seguirá formando parte de la infancia, la imaginación, el movimiento y el juego compartido continúan siendo herramientas insustituibles para cuidar la salud mental.


Para reflexionar...


"Los juguetes pueden despertar la imaginación, pero son el tiempo compartido, el juego y los vínculos los que realmente ayudan a construir una infancia saludable."

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